Ya he terminado con el borrador de esta adaptación, así que ahora que me siento segura porque tengo el resto de capis hechos, voy a seguir con el 3.
El finde bastante normalito. Anoche estuve cenando con los amigos de mi novio y puag, hay una imbécil homófoba que de verdad... es que me pone de una mala hostia... Intento verla lo menos posible, pero hay veces que me toca y es que un día de estos la tiró de los pelos rubios esos teñidos que tiene (bueno, los míos también son teñidos, pero de rojo y morado, que mola más)
*respira, aspira, respira, aspira... céntrate en lo tuyo*
Pues eso, que aquí continúan las aventuras de Aki y su zorro enamorado. Como es cortito prometo actualizar pronto.
(Por cierto, es verdad, he ido a la pelu y me he puesto el pelo bicolor en rojo y morado. Queda guay)

Título: Los cazadores de sueños
Autor: Neil Gaiman
Crackea con su buena voluntad: Livia
Género: rpsLauki (esto a vosotras no os importa, pero hay que rellenar la ficha técnica correctamente)
Resumen: hace miles de lunas hubo un zorro que se enamoró de un joven músico y aquello les deparó a ambos extrañas aventuras
Disclaimer: recordad, por favor, que esta preciosa historia es de Gaiman. Yo sólo trasteo con ella y cambio los personajes para montarme mi propia versión
Y Aki y su zorro no pertenecen a nadie, salvo quizá a ellos mismos
Además no gano un mísero céntimo con este tipo de tejemanejes
Capítulo 3
Lejos de allí, en uno de los poblados próximos a la costa, vivía el chamán conocido como Jango.
Aquella noche, Jango encendió un fósforo y prendió una vela que tenía sobre una mesita, además, en la mesita había una caja negra lacada, y una llave negra. De acuerdo con la orientación de los puntos cardinales, el chamán también había colocado sobre la mesa cuatro pequeños platos. En dos de ellos había algún tipo de materia en polvo, en otro un líquido, y en el último no había nada.
Él era un hombre bastante rico y bien posicionado en el poblado donde vivía. Se le consideraba una autoridad en cuestiones de adivinación, y mucha gente acudía a él buscando consejo para resolver todo tipo de cuestiones.
Estaba casado con una bella mujer de largos cabellos rubios, piel nívea y dulce rostro. Y ella sabía administrar la casa mejor que ninguna otra y ocuparse de él tal y como una esposa debe ocuparse de un marido. Además tenía un joven amante de apenas diecisiete años, delicado y sin asomo de vello en su cuerpo, con los labios pequeños y rojos como un fruto silvestre. Y ambos; su mujer y su amante, convivían con él en la misma casa y se llevaban bien.
Su casa era más grande que cualquiera de la que poseían sus vecinos, y también era dueño de tierras y de caballos. La comunidad le quería, le respetaba e incluso le temía.
Lo tenía todo en la vida para ser feliz, pero con todo y con eso, no lo era. Y no lo era porque tenía miedo.
Tenía miedo desde que podía recordar su recuerdo más temprano. No se trataba de miedo a morir, era un miedo profundo que tenía arraigado dentro del cuerpo, en lo más hondo de su ser. En todo caso quizá se tratara de lo contrario; de miedo a vivir.
Y fue ese miedo lo que le empujó a hacerse chamán, pues buscaba un gran poder para lograr combatirlo. Y sin embargo, cuanto más poder adquiría, más profundo se hacía el miedo. Era incapaz de librarse de él. Le acompañaba desde que abría los ojos por la mañana hasta que los cerraba por la noche.
Lejos del poblado, en las afueras donde viven los proscritos, había una casa habitada por tres mujeres. Una era joven, otra era vieja, y la tercera no era ni joven ni vieja.
Todo el mundo evitaba aquel lugar, y daban largos rodeos para llegar al poblado sólo por no pasar cerca de aquella casa. Se decía que los viajeros que se atrevían a entrar en ella jamás volvían a salir.
Y fue ese miedo omnipresente con el que vivía el chamán, lo que le llevó a aquella casa una fría noche sin luna, varias semanas antes.
- ¿Cómo puedo encontrar la paz? – le había preguntado a la más vieja de las mujeres
- Hay paz en la contemplación de un lago calmado. En los copos de nieve que danzan hasta el suelo. En el páramo nevado – le había dicho ella
- ¿Por qué no tengo paz? – preguntó entonces a la mujer más joven
- Porque estás vivo – respondió ella con gélido aliento
Le quedaba una pregunta por hacer.
- ¿Dónde puedo encontrar la paz? – preguntó entonces a la mujer que no era ni joven ni vieja
- A muchos días de viaje de aquí, hacia el norte y hacia el este, hay una cabaña junto a un lago. Sólo un joven músico vive allí. Él no tiene miedo de nada y posee la paz que tú deseas. Yo puedo hilar de manera que cuando él muera tú ganes toda su fuerza. Pero una vez hilado, dispondrás únicamente hasta la próxima luna llena para causar su muerte. Y debe ser una muerte pacífica, sin violencia ni dolor
Más tarde le entregaron un paño tejido, blanco como la luz de la nieve en invierno, y él estaban bordados la figura de Jango, de la luna, y del músico.
El chamán había consultado sus libros buscando una manera de matar al músico desde allí sin provocarle violencia o dolor. Y cuando hubo encontrado cómo hacerlo, envío a sus demonios lacayos a su casa para obtener cosas que el músico hubiera tocado – y fue entonces cuando les oyó el zorro- y que le sirvieran para llevar a cabo su plan.
Así que en aquel momento, se hallaba sentado frente a la mesita que contenía la caja, la llave negra, y los platos. Tomó el contenido de cada uno de ellos y lo echó sobre la llama que había encendido. Del último plato, el que no contenía nada, tomó un pedazo de la sombra del músico que los demonios le habían arrancado, y cuando la echó sobre la llama, ésta ardió hasta el techo y después se apagó.
Jango se fue a la cama y, al menos aquella noche, pudo dormir con serenidad.
Y aquella noche Aki soñó que estaba en casa de su padre, en la que habían vivido antes de que lo perdieran todo por las malas artes de poderosos enemigos. Su padre se suicidó después de aquello.
Aki quiso decirle algo, pero su padre le indicó mediante gestos que era incapaz de oírle. Y después sacó de entre sus ropas una pequeña caja y se la entregó a su hijo.
El joven cogió la caja, levantó la mirada y vio que su padre ya no estaba allí. Aunque, a través de una puerta, le pareció ver el destello de la cola blanca de un zorro.
Sabía que había algo dentro de la caja, e intentó abrirla con todas sus fuerzas, pero no fue capaz.
Cuando despertó, se sintió extraño y turbado, y se preguntó a qué se debería aquel sueño y si sería algún tipo de profecía de que algo malo estaba por venir.
- Si ha sido un mal sueño – susurró Aki – Así se lo lleve un baku
El día comenzó y terminó como cualquier otro. Y por la noche Aki soñó con su abuelo, que también había muerto siendo él todavía muy pequeño.
Su abuelo y él estaban sentados junto al lago. Estaba nevando y los copos de nieve caían sobre el agua y se deshacían en ella. El anciano abrió una mano y le enseñó una pequeña llave negra. Pero cuando iba a entregársela a Aki, la llave cayó. Afortunadamente en aquellos pocos segundos el lago se había congelado, y el pequeño objeto se deslizó sobre el hielo. Aki se inclinó y recogió la llave. Entonces le pareció que le estaban observando y miró a su alrededor. Pero no vio nada más que una figura borrosa al otro lado del lago. Una figura blanca que bien podía haber sido la de un zorro mezclándose con la nieve.
Cuando despertó tenía la mano agarrada sobre sí misma, como si estuviera sosteniendo todavía la llave de su sueño. Incluso podía decir que la sentía todavía en su mano, de la misma manera que los verdes ojos del zorro permanecían todavía clavados en él.
Un nuevo día pasó, y Aki esperaba que la noche le trajera otro sueño oscuro. Después de cenar se fue a acostar pronto, cerró los ojos y entonces creyó oír unos arañazos en la puerta. Pero se quedó dormido.
Y aquella noche tuvo un hermoso y plácido sueño. Uno en el que él estaba sentado sobre la copa de un pino, pero no sentía temor alguno a caerse, y veía el atardecer mientras, en algún lugar a lo lejos, se escuchaba el tranquilo y repetitivo retumbar de unos tambores que no hacían sino traerle una inmensa sensación de paz y felicidad.
Cuando despertó se encontraba de muy buen humor, le aliviaba pensar que los sueños oscuros ya hubieran pasado.
Desayunó algo, se vistió, y silbando una alegre melodía se dispuso a salir y disfrutar del sol de un nuevo día.
Pero el buen humor de Aki sólo duró hasta que, al abrir la puerta de la cabaña, se encontró con el cuerpo del zorro blanco tendido junto a las escaleras.
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