Hola muheres (aunque no desesperadas, sobre todo una en concreto que querríamos ser todas, ejem ejem).
Después de la gran jornada vivida ayer con el HOMBRE.
Y, aunque soy consciente de que os debo un Nevado (que ya se está preparando), un Moulin Rouge (que lo llevo peor) y el final de El perro del hortelano (que ese sí que está a puntito de salir del horno), lo que va a caer ahora es un drabble de Constantine.
Eso sí, aviso que no lo he escrito yo. Bueno, a ver, sí que lo he escrito yo. Pero el guión original no es mío, que quede claro.
Es de uno de los números de Hellblazer, que es la serie de cómic que protagoniza John. Como vosotras no la léeis, pues así os la acerco un poco (y encima mi versión es mejorada porque cuento con este pedazo de hombre)
Título: Abrázame
Autora: Livia
Advertencias: Adaptación del guión Abrázame, de mi muso el brillante Neil Gaiman
Disclaimer: John Constantine pertenece a Alan Moore y los editores de Hellblazer.
Abrázame pertenece a Neil Gaiman
El cuerpazo de este Constantine mío pertenece a Josh Holloway.
En conclusión, a mi no me pertenece ná de ná. Me cago en la P...
Hacía mucho frío aquella primavera. Los tres mendigos se habían cobijado bajo uno de los puentes de Londres, allí tenían montados unos chalets adosados. Con cartones y cajas, por supuesto. Al menos Ronnie el Gordo y Sylvia de Hull se tenían el uno al otro. Jacko no tenía a nadie. Sobre las tres de la madrugada la policía apareció y les echó de allí a golpe de manguera. “Que les jodan” dijo Ronnie el Gordo apurando una botella de whiskey robada.
Volvieron a vagar por la ciudad, esta vez mojados como ratas de alcantarilla. Y como ratas rondaron un edificio de apartamentos hasta, finalmente, decidirse a entrar en busca de algo. Algo que encontraron en el cuarto piso: un apartamento deshabitado, sin luz, sin agua, pero con un techo sobre sus cabezas. Hacía mucho frío aquella primavera.
Ronnie el Gordo y Sylvia de Hull se abrazaron en una esquina, arrancaron una cortina para abrigarse con ella. Jacko no tenía con quien abrazarse. Se concentró en no pensar, en olvidar el punzante dolor del frío, en evadirse hasta otro lugar, uno que había conocido hace mucho tiempo. Hacía tanto frío aquella primavera.
Abrázame
Guión Original: Neil Gaiman para Hellblazer (nº27)
Guión robado descaradamente para las fans de Constantine de su FL: Livia (que vaga soy)
En una calle cualquiera de Londres un hombre acaba de parar un taxi. Viste pantalones oscuros, una camisa blanca de la que cuelga medio deshecha una corbata negra y una gabardina clara que le llega casi hasta los tobillos. Sus ojos verdes están siempre teñidos por una expresión de dureza de la que no consigue librarse, se ha recortado un poco el pelo rubio, pero todavía le sigue cayendo en capas desiguales sobre la frente y la cara. Se llama John Constantine y es, probablemente, el nigromante más poderoso que camina por la tierra en la actualidad. Fumador empedernido, burlador de la muerte, estafador de demonios y ángeles. Sin duda el taxista que le lleva no sabe a quien tiene al lado, pero no porque él sea peligroso, sino porque, habitualmente, la gente que le rodea suele acabar muriendo sin comerlo ni beberlo.
John enciende un cigarrillo, el taxista no le dice nada. Está demasiado concentrado echando pestes sobre los negros.
- Bueno, no son como nosotros, ¿verdad?. Salta a la vista – estaba diciendo ahora, mirándole por encima del hombro
- No son como tú, eso seguro – murmuró el hombre rubio sin dejar de mirar por la ventana
Pero el tío no se entera y sigue escupiendo su discurso racista, extasiado ante su auditorio. Constantine intenta evadirse, hasta que no puede soportarlo más.
- Joder. Para el coche, me bajo aquí
- Pero si no hemos llegado a Howthorne Road
- Da igual, me irá bien pasear – responde John antes de soltarle un par de billetes por la ventana – Ahí tienes
El taxista les echa un ojo
- ¿Y la propina?
- Oh claro, perdona – el nigromante sonríe malicioso – Aquí tienes: cambia de cerebro. El que tienes es muy estrecho y está lleno de mierda.
Sabe que el taxista le está gritando cosas que ni los marineros se atreven a pronunciar, pero no se para a escucharlo.
Se dirige a una fiesta al este de Londres. Tenía un amigo, se llamaba Ray Monde y era homosexual. Tenía SIDA y murió hace un año. Pero no de eso, como todo el mundo piensa. Se metió en un lío por culpa de John y acabo muerto. Le había pasado tantas veces que ya no tenía amigos.
Sin embargo Ray tenía muchos, y estaban celebrando una fiesta en su memoria. John se dijo que debía de ir.
Y allí estaba ahora, y ya no había marcha atrás porque acababa de llamar al timbre.
Un hombre alto, delgado, vestido con una camisa rosa transparente a medio abrochar, le abrió la puerta con gran entusiasmo. Le recordó a uno de los amigos de Brian y Justin, pero en calvo.
- ¡John! – palmoteó Jeff encantado – Que bien que hayas venido. Ven, hay alguien a quien quiero presentarte
Esto último lo dijo con una sonrisa de celestino de la que Constantine no se dio cuenta lo bastante rápido. Había una mujer en la fiesta que se acercó hasta ellos intentando aparentar un aire indiferente.
- Esta es Anthea. Y él es John, del que estuvimos hablando antes. Nuestro hombre misterioso favorito – dijo el anfitrión guiñándole un ojo – En fin, aquí os dejo. Anthea era muy amiga de Ray, ¿sabes?
Constantine echó un vistazo a la mujer. No muy alta, media melena oscura y rizada, ojos muy maquillados…
- Hola, John – le dice con una gran sonrisa
Y después no sabe como lo ha hecho, pero ahí están los dos en un rincón, hablando. Más bien Anthea está hablando, y además no para, John solo puede pensar en que está en el antiguo piso de su amigo muerto. Muerto por un asunto que le concernía a él.
“Lo siento Ray” piensa “No fue culpa mía, colega. Ya lo sabías, ¿verdad?”.
En algún otro lugar, en un edificio de apartamentos, una niña se levanta en mitad de la noche porque en su habitación huele raro. Enciende una pequeña lamparita. Hay un hombre en su cuarto. Quiere gritar pero no le sale la primera vez. Su madre está en el salón viendo la televisión.
- ¡Mamá! ¡hay un hombre en mi cuarto que huele muy mal!
- No digas bobadas, Shona – replica su madre – No hay nadie en tu cuarto
Pero entonces la mujer ve una gran sombra de refilón. Hay un hombre oscuro en la puerta del salón. Cuando sale a la luz ve que se trata de un mendigo apestoso. El hombre extiende los brazos hacia ella.
- A… abrázame…
La mujer intenta dar un paso hacia atrás
- No, señor. No, por favor – dice con voz estrangulada por el miedo
Pero el hombre la abraza, la aprieta entre sus brazos.
- Tanto frío… tanto frío…
Murmura antes de soltarla. Ella cae al suelo inerte.
La niña se acerca. En el aire se desvanece la voz del mendigo. Abrázame.
- ¿Mami?, ¿Qué te pasa?. Estás muy fría.
Anthea le había preguntado a Constantine si se hizo la prueba del SIDA tras descubrir lo de Ray Monde. Él había respondido que sí, que era lo más sensato.
- Tengo muchas cosas en mi sangre, pero no anticuerpos – intenta hacer un chiste
Hay algo en la chica que le pone nervioso, no suele tener problemas para calar a las personas, pero algo en Anthea no encajaba. Después de un rato más de charla insulsa, dijo que no se encontraba bien y que se iba a casa. Le pidió que la acompañara. Y John lo hizo porque era un caballero. La sensación extraña seguía estando ahí, pero se esforzó en ignorarla. Además, que cojones, parecía que Anthea quería llevárselo a la cama.
Así que fue con ella hasta su casa; un edificio destartalado de apartamentos no muy lejos de donde era la fiesta. Caminan un rato en silencio, hasta que el hombre rubio se ve en la obligación de intentar entablar una conversación.
- Y, ¿en que trabajas? – fue lo único que se le ocurrió
- Oh – sonrió ella – Trabajo en un centro social. Pagan una mierda pero me gusta el trabajo.
- ¿Un centro social? – Constantine se rasca la barba de tres días
- Ya sabes, un refugio para adolescentes fugados, gente sin hogar, inmigrantes… Vienen buscando ayuda, pero pocos se quedan. Muchos acaban en las calles. Te parte el corazón.
El nigromante asiente y entran en el ascensor que les llevará hasta el piso de Anthea. Un asqueroso olor le echa para atrás.
- ¡Joder que peste! ¿Qué es? – pregunta tapándose la nariz con la manga de la gabardina
- No preguntes
- Insisto
La chica le mira extrañada.
- ¿Quieres saberlo? – y entonces se le enciende la mirada – Ah claro. John Constantine. Ray siempre decía que tienes olfato para lo desagradable.
El rubio finge una mueca ofendida ante ese comentario, era un cabrón adorable.
- Verás, los apartamentos de este piso están vacíos. El Ayuntamiento quiere reformarlos. Bueno, como sea. Hará seis meses el hedor este que hueles era tan insoportable que Sarah y yo llamamos a la policía. Creíamos que sería un perro o un gato muertos. Sarah hizo esa marca – señaló una X negra en una de las puertas – para que supieran que apartamento era. Total, la policía entró y encontró dos vagabundos bajo una cortina. Tuvieron que arrancarlos de la moqueta y llevárselos en muchas bolsas de plástico
- Las he oído peores. ¿Quién es Sarah? – pregunta el nigromante
- Mi compañera de piso
Responde Anthea simplemente mientras se encoge de hombros y abre la puerta de su casa, invitando a John a entrar y tomar algo. El rubio le dice educadamente que si todavía se siente mal puede marcharse, pero ella tiene otras intenciones. Pone música y le prepara un Gin Tonic.
- Esta canción me pone romántica – comenta sentándose a su lado en el sofá
Constantine se remueve un poco nervioso. Está intentando seducirle, y a él no le disgusta la chica pero…
- Dame un bebé
La escucha decir.
- ¿Qué? – parpadea asombrado y confuso, no muy seguro de haber oído lo que ha creído oír
- Que me des un beso
Él se frota la frente porque está seguro de que lo que le ha pedido es un hijo y no un beso.
Entonces el recuerdo de la voz de Ray Monde acude a su cerebro, atravesándole como un rayo, como si su amigo le estuviera hablando en aquel preciso instante.
“Anthea y Sarah han venido a verme esta mañana. Tan dulces e inseparables como siempre. A veces pienso que les gustaría meterse una de la otra y desaparecer en sus respectivos…. Ughhh… ya sabes… no me atrevo a pronunciarlo”
¡Joder!, ¡claro!
Constantine se pone en pie como un resorte.
- ¡Tu eres la Anthea de “Anthea y Sarah”!, ¡las lesbianas!
- Mierda
- ¿Cómo que mierda?, ¿a que viene esto?
La chica se pone también de pie y pasea nerviosa por la habitación.
- Mira, Sarah y yo queremos un bebé, pero no podemos hacerlo solas, ¿vale?. Buscar el padre es lo más difícil, y bueno, Ray hablaba siempre tan bien de ti… Y nos parecía que una niñita rubia sería tan adorable que… Así que le pedí a Jeff que nos presentara en la fiesta.
Viendo que el nigromante no dice nada, Anthea se arriesga a acercarse a él de nuevo.
- Pero iba a decírtelo luego. ¿Estás enfadado?
- Claro que estoy enfadado – Constantine se pasa la mano por el pelo alborotándolo todo – No soy un banco de esperma andante que presta servicio las 24 horas. Y además mi orgullo masculino se siente como si le hubieran cagado encima. Simplemente… podías haberlo pedido. Nada más.
Y salió del apartamento frustrado como hacía mucho tiempo que no lo estaba. Por la ventana del pasillo se veían las estrellas. Durante algunos segundos pensó en una en concreto. Luego echó a andar buscando la salida del edificio. Aquello era un laberinto.
Y de pronto, allí había una niña, una niña de piel oscura que lloraba desconsolada.
- Hey , ¿cómo te llamas? – le pregunta John acercándose amistoso
- Shona – responde la niña entre lágrimas
- Yo me llamo John. ¿Qué te ocurre?
- Mi mamá está fría en el suelo, no se levanta
Constantine la coge dulcemente de la mano.
- Llévame a verla, cielo.
La acompaña hasta la puerta de su casa. Pero allí le indica a la niña que espere fuera porque va a entrar él solo.
Sabe que la madre está muerta antes de acercarse a ella. Por lo que dice la pequeña, no debe llevar así más de unas pocas horas. Pero está tan fría… Tan fría que no es normal. Shona ha entrado detrás del nigromante en silencio.
- ¿Va a despertase mi mamá? – pregunta mirándole con sus grandes ojos oscuros
- No, cielo – el rubio sacude la cabeza – Me temo que no
Anthea está sentada en el sofá, hecha una bola abrazando un cojín. La ha cagado pero bien y ahora Sarah seguro que se enfada con ella. Cuando escucha que llaman a la puerta piensa que es ella y se levanta resignada. Pero se trata de John Constantine de nuevo. El rubio trae a una niña con él y la empuja un poco hacia ella.
- Se llama Shona. No es rubia, pero creo que con el tiempo la podréis querer.
La chica no sabe que decir.
- Si no he vuelto en media hora… Bueno, llama a la poli (aunque no van a servir de nada). Y a una ambulancia para su madre
- ¿Si su madre está enferma no tendría que llamar a la ambulancia ahora? – pregunta Anthea
- Su madre no está enferma. Está muerta.
La gabardina de John ondea tras él cuando se da la vuelta. Anthea le ve desaparecer por el pasillo, se arrodilla y abraza a Shona.
Mientras tanto, Constantine encuentra el piso marcado con la X negra. Intenta forzar el candado de la puerta con una horquilla, pero tiene que admitirlo, nunca ha sido un James Bond. Así que finalmente se lo carga con un extintor de emergencia. Empuja un poco la puerta y nada más abrirse ésta, la peste le ahoga. Además hace tanto frío…
La luna se filtra por una ventana rota.
- ¿Hola?, ¿hay alguien? – pregunta sintiéndose estúpido
Una sombra negra se materializa cerca de él.
- A… abrázame
Constantine no retrocede. No tiene miedo. Aunque sea la noche de los muertos vivientes en Londres.
- ¿Cómo te llamas? – pregunta siendo consciente del poder de los nombres
El mendigo parece temblar.
- Jacko… A nadie le importa… Hace tanto frío… Abrázame
- ¿Abrazarte? – pregunta el nigromante frunciendo el ceño. Entonces lo comprende – Pobre desgraciado muerto. De acuerdo.
Y entonces él extiende sus brazos y atrapa a Constantine con ellos. En ese momento no lo siente porque no siente nada. Pero cuando la figura se desvanece en el aire, un frío helador le atenaza el cuerpo. Es como si le clavaran directamente hielo en el corazón. De no ser porque él es quien es podría haber acabado como la madre de Shona.
No quería más, solo que alguien le abrazara. Que a alguien le importara. Que alguien le diera calor.
Nadie quería.
Anthea abre la puerta angustiada y suspira aliviada a ver al hombre rubio. Es él, pero parece distinto. Mucho más cansado que antes y además apesta, literalmente.
- John, ¿Qué te ha ocurrido?. Hueles fatal… - la chica arruga la nariz
- Anthea, cállate – le suplica el nigromante – Sólo… Abrázame.
Cuando nos abrazamos en la oscuridad no hacemos que la oscuridad desaparezca. Las cosas malas siguen ahí. Las pesadillas todavía caminan. Cuando nos abrazamos nos sentimos seguros. “Estoy aquí, te quiero” mentimos. “Nunca te dejaré”.
Por un momento o dos la oscuridad no parece tan terrible. Cuando nos abrazamos.
melancholy































